Ante la imposibilidad de estar juntos, esto

Llegó a Medellín por recomendación de un par de amigos. Ya había estado en Colombia, caminó por las calles de Cartagena persiguiendo la ilusión de vivir al lado de una costeña con la que nada funcionó.
De Medellín quería absorber todo el clima tropical que le contaron que había, el que a través de fotos y videos hizo suyo antes de llegar.

Tengo que decirlo, el día que nos vimos yo andaba en mi burbuja, segura de mi capacidad de administrar emociones y convencida que sólo sería un encuentro fugaz para intercambiar vida con alguien interesante y luego continuar como si nada; la historia de un par de conocidos que luego terminaría compartiendo con otros conocidos más. Estaba gastada mi virtud de ser buena anfitriona: atender y llevar de aquí para allá mostrando “lo mejor” de la ciudad. Mi empatía no estaba en todo su esplendor y no era mi deseo permitir que un extranjero entrara a mi cotidianidad para alterarla.

Nos vimos inmediatamente se instaló en un apartamento de ensueños cerca al Estadio, mi zona, el barrio que más me gusta de la ciudad y el que le recomendé siempre que pude, como si estuviera anticipándome a la cercanía que quería tener con él.
Llegó y salimos. Pensé que serían un par de días mientras él se acomodaba y conseguía qué hacer. Mientras se iba perdiendo el encanto que meses antes habíamos diseñado a través de la ventana del chat en el que el spanglish reinaba y a la espontaneidad fluía entre palabra y palabra.

No era uno de esos viajeros sucios o poco inteligentes con los que antes había compartido. Era, en su totalidad, mi tipo de hombre. Viajaba con una convicción intacta por conocer la humanidad que nos hace. Había mucho de dulzura e inocencia en su mirada, y en todo lo que hacía.
Cada día era más intenso e interesante. Me iba a la cama pensando en él, deseándolo. Me fui enamorando, fui dejando que mi corazón le perteneciera a un ucraniano que en cualquier momento volvería a su país o a Estados Unidos, de dónde recién llegaba.

Pasamos los días intercambiando dulces,  él aún conservaba muchos de su último viaje a la natal Ucrania. Cipiripi era mi favorito, además me contó que precisamente ese dulce le recordaba su infancia, pues Cipiripi fue todo un personaje familiar en el este europeo.
Me compartió canciones en ruso, pues un cantante, homónimo suyo, interpretaba temas que haría que jamás olvidara su nombre. Me hacía reír con historias diarias de su visita al estadio, le encantaba ir a la unidad deportiva y mantenerse en forma, hizo amigos fácilmente y consagró ese espacio como el favorito de la ciudad.

Cocinábamos mis platos típicos, hablábamos de sus andanzas por Afganistán y otros países del eje del mal. Caminábamos por el occidente de la ciudad dejando que el viento fresco de Medellín en verano golpeara su cuerpo de más de 1.90 que contrastaba bruscamente con mi pequeñez.

Teníamos intentos frustrados de baile con diferentes ritmos, jamás pudo seguir mis pasos, era imposible para él mover la cadera. No podía soltar su cuerpo, era chistoso e incomprensible: no podía danzar con soltura una salsa o un vallenato; o uno de los reguetones que conocía bien, pues lo escuchaba normalmente en su anterior hogar repleto de latinos indocumentados que encontraban en la fiesta refugio para la angustia de su presente sin oficio.

A veces era un poco serio, algo fuerte,  era como si necesitara de la rudeza para hacerme caer en cuenta de muchas cosas. Yo estaba vulnerable a sus cambios repentinos de planes, de ideas, de sentimientos, pero trataba de entender porque siempre el que viaja se enfrenta a eso, a la posibilidad de las emociones extremas y a lo que sacan de uno.

“Eres linda y buena”, me decía,  y esperaba que eso no me hiciera daño. Él con casi diez años más que yo, quería protegerme y enseñarme un poco de lo que le había dado hasta ese momento la vida, un mantra: todo aquí y ahora, sin desbordarse.

Él tenía la fascinante posibilidad de hacer lo que le diera la gana, era mi héroe, podía seguir viajando sin un camino definido, podía seguir absorbiendo el clima cálido y los conocimientos que ofrece cada lugar sin preocuparse mucho. Algo que yo no podía hacer entonces.

¡Quiero seguir viajando durante lo que me quede de vida, lo quiero hacer a tu lado!, quería gritarle en la cara mientras dormíamos, mientas cocinábamos, mientras intentábamos bailar o caminábamos la ciudad. Pero a pesar de tener mi mirada puesta en ese deseo, a pesar de su magnetismo eso era imposible en ese momento. Empecé a verme cubierta de angustia.

Yo estaba habitando otro mundo, tenía pánico de volver a mi cotidianidad mientras él seguía descubriendo el mundo a pasos gigantes, un mundo que yo sólo encontraba en las letras de mis libros favoritos y en los recuerdos de anécdotas y paisajes de los lugares a los que quiero volver.

Llevábamos más de dos meses así y poco a pocos llegaron los días que nos prepararían para el punto final. Para la desventaja.

Eran muchos los días juntos, la convivencia empezó a ser tormentosa. Me convertí en la insoportable, en la que no habla, en la que calla. Una que muere por dentro. Él como si nada, su mirada a veces se empañaba, pero la recuperaba fácilmente. Era encantador, su naturaleza era la calma. Yo agradecía eso y también la compra del tiquete que lo llevaría de vuelta a visitar a su mamá.

Que se fuera me iba a aliviar por adentro. Me alivió.
Ante la imposibilidad de estar juntos, recordar bonito como premisa de vida siempre.