Carta de un buen amigo

Medellín,
Carta para ti, Nía.
Escribe tu amigo

Nía, ahora que empiezas a internarte en un década que te dará algunas de las experiencias más vibrantes de tu vida, creo que es buen tiempo de contarte la historia de alguien que conocí hace muchos años, alguien que me enseñó la fortuna del renacer, el valor de la vida vivida con intensidad.

Los veinte, son para mí el despertar más lúcido, la época de los clímax y los excesos, ya vendrán los 30 para seguir disfrutando de la genialidad de la existencia con la posibilidad de sentir mejores placeres o los 40 para que al tocar la madurez aprendas qué es lo bueno de la vida y tengas menos prejuicios con todo; por ahora disfruta, rómpete, ama, fractura tu existencia. Todo como deba ser.

Sé que ahora quieres entender muchas cosas y no sabes cómo hacerlo. Tampoco yo sabría qué decirte  al respecto a pesar de mis años. Pero si aún piensas que tomar una terapia es un buena opción, lee lo que dejo a continuación, la historia de alguien que sí lo hizo, que no fue cobarde como yo.

Esta es la historia de una amiga, una mujer que se divorció de ella misma a mitad de la década de sus 20, con la idea de aprender de todo lo que antes le había pasado y hacerse mejor. Una mujer iluminada, capaz de  alumbrar las tinieblas de cualquier lugar, contenedora de una pasión enfermiza y con una capacidad envidiable de cuidar al otro. Una mujer rota, fracturada, llena de grietas. Llena de vida. Te confieso aquí, que siempre estuve enamorado de ella.

Ilustración que saqué en el mar de internet: Akira Kuzaka

La encontré de noche, ella estaba en el centro del salón, habían quizá unas 300 personas en la fiesta. Bailó sola siempre, no distinguía entre las amigas que las acompañaban y los desconocidos que hacían barra a su alrededor. Era y se sentía la diosa del lugar. Había un hombre que no dejaba de observarla.

Tenía puesta una falda larga que se ampliaba ferozmente cuando giraba su cuerpo, dejaba ver parte de sus piernas, pero a partir de los muslos, había que imaginar qué continuaba.

Tenía el pelo corto, la brisa que entraba por las ventanas del salón se conjugaba con los ritmos de la música y le daban forma y movimiento.

No llevaba una blusa especial, lo recuerdo perfectamente, pero hacía ver sus pechos con gracia, era de una naturalidad tal que la hacían la más bella ahí.

Cuando pasó la media noche, sus amigas de despidieron y los desconocidos fueron dejando vacío el lugar, el extraño se acercó a su oído, la tomo por detrás de la nuca y le dijo que estaría afuera.

Al final de toda la fiesta ella lo buscó, espero que las cervezas se agotaran  y se fue con él a la cama. Tuvieron mal sexo, discutieron y se dejaron.

Se negaba a aceptar una derrota más. Se lastimó el ego y el corazón aquella noche.

Ya había perdido el round del romanticismo, no estaba lista ni apta para amar. Al parecer, la vida se empeñan en gritarle que tampoco para eran buenos tiempos para el sexo, que los amantes no estaban a su nivel.

Yo hubiera dado cualquier cosa por una oportunidad con ella; siempre me mantuve al margen y fui ese amigo que la escuchó, la abrazó con gracia y aguantó sus quejas de nosotros, los hombres que pocas veces le dábamos la talla. Los malos en la cama, los interesados a la hora de amar.

Después de esa noche, lo mejor, supuso, fue huir de todo deseo.

¡Ay!, pero yo sabía que no iba a ser así, terca, terca, yo la conocía, no iba a desistir así como así de sus deseos, de sus ganas de sentir placer, de conocer el sexo opuesto, de experimentarlo todo.

Ilustración que saqué en el mar de internet: Hilda Palafox

A los pocos días de ese espectáculo bochornoso con el desconocido, me contó que había  conocido a un viajero que estuvo en la ciudad por un par de meses. Lo sedujo, lo enredó en sus ganas de conocer el mundo, lo mantuvo a la expectativa y luego lo quiso bastante. Se acostaba por las noches pensando en él, deseándolo. Tuvieron todo el sexo que pudieron, agotaron las formas y maneras conocidas en las noches de placer que compartieron, sintieron todo del otro y luego él se fue y ella aceptó otra derrota.

Me contó que eso la llevó a preguntarse por la fugacidad de sus relaciones, por la imposibilidad de tener un amante con quién compartir más de dos meses, por la fractura que le generaba cada partida de un hombre en su vida, por el asco que le daba el mal sexo, el sexo mediocre, por el desgaste que sentía cada que llegaba la hora del cortejo.

Entonces ahí llegó la revelación y empezó el proceso del divorcio con ella misma, ya no quería ser más ella en muchos aspectos, quería dejarse atrás.  Ante la imposibilidad de estar con alguien, eligió recordar lo bueno y tachar de su lista de absurdos, lo que ya no quería más.

Nía, aquí lo que quiero que conozcas, la historia de alguien que decidió acompañar lo que llamó derrota, con un terapeuta.

Cuando ella decidió enfrentar la situación patrón tuvo dos opciones: asumir el duelo o evadirlo. Que “un clavo saca a otro clavo” ya no era viable.  Llorar y llorar, gastar las noches acompañada de amigas y alcohol tampoco. Tuvo que probar otras alternativas.

Un consultorio psicológico le sirvió de espacio. Tuvo que reconocer que aunque es portadora de todos los conocimientos ancestrales sobre ella misma, gestionarlos sola no era fácil, sólo en compañía podría hacerlo mejor.

Fue muy confuso tratar de entender lo que le pasaba, le despertó todo tipo de conflictos muy complejos con el  pasado. Con la terapia mi amiga liberó mucho llanto, algunos dolores muy viejos. Llegó a un punto de conexión con ella misma tal, que dejo de pensar en el sexo como agente controlador. Vació todo pensamiento, deseo, recuerdo, acto erótico de sí y empezó a forjar su nueva identidad.

Una de las grandes frustraciones que experimentó a lo largo del camino, fue sentir que iba mejor y de pronto caer en un hueco de sentimientos negativos otra vez. En querer ir a la primera fiesta a la que tenía oportunidad para coger con el primer tipo que se apareciera, ver porno o romper en llanto cuando no controlaba sus ganas de sextear.

Hay un factor biológico que la estaba afectando terriblemente, la decisión de afrontar un proceso terapéutico desencadena un desequilibrio químico en el cuerpo. Bajan los niveles de oxitócina, serotonina y dopamina, sustancias que producen sensación de bienestar.  Hay que tratar de regularlos y luchar con ellos. Esto es para valientes, jamás la había visto tan decidida, responsable, honesta y orgullosa de sí misma.

Ilustración que descubrí en el mar de Internet

“Las emociones son fuertes hay que dejarlas fluir. No hay que sentir miedo de que el dolor paralice completamente. El mismo impulso vital levanta, la naturaleza es sabia.” me decía.

Hay que tomar la decisión de transitar los cambios y hacerlo con una valía tal que el ímpetu sea parte del día a día. Ímpetu acompañado de amor, mucho amor, calma y paciencia. Eso aprendí de ella, aún mantengo hoy esa enseñanza para mi vida.

Las personas cercanas nos tienen afectos, por eso amigos, familiares o compañeros, no servían para llevar su proceso, por eso tocó la puerta de alguien ajeno y llegó al consultorio. Sufrió al dar el pasó, porque aunque desnudaba su cuerpo y alma a extraños y amigos, normalmente, hacerlo con convicción para hablar de la vida movilizaba todo su ser. Fue algo fuerte.

Tuvo que atravesar un torbellino emocional que no sabía cuándo se asentaría, pero era tal sus ganas de transformarse, de dejar ese viajo linaje que la hacía,  que lo fue logrando poco a poco. “Jamás terminamos de estar listos para algo pero ser la mejor versión de uno mismo tiene que ser premisa” aprendía también de ella.

Mi amiga no estaba para el sexo a medias, para la mediocridad de las relaciones a las que se enfrenta el siglo actual ni para ver con desesperanza la vida en ninguno de sus aspectos.

El desgaste emocional es a veces tan difícil que es mejor guardarse las ganas de explorarlo. Me contó que su terapeuta siempre le decía “sanar implica entender lo que  se está viviendo,  reconocer las consecuencias de las heridas en la vida actual, el origen de por qué uno se comporta como lo hace y empezar a darse cuenta que existen cambios cognitivos que permiten sanar y adoptar nuevas formas de vivir”  Sólo así se logra reestructurar el estado de la conciencia.

Nía, te podrá parecer banal el motivo por el que ella llegó hasta un terapeuta, pero es parte de la vida, como lo puede ser cualquier aspecto de la de alguno de nosotros. A todos, algo nos va fracturando, formando grietas, es eso lo que nos hace y de lo que deberíamos ser consientes. Sea lo que sea.

No la pude amar, como quise, pero tomé su luz en mi vida y soy feliz con eso.

Ya lo escribió Leonard Cohen, “Hay una grieta en todo para que la luz pueda entrar”. Y ella se quedó con esa luz. Y yo también. Todos deberíamos hacerlo. Hazlo tú con tus grietas también.

Te quiere, tu amigo.