Como el agua, somos frágiles

Un vaso de vidrio puede quebrarse, uno en cerámica, decorado de la más bella forma, también.

Se rasgan, inevitablemente, las hojas de papel, la tela del precioso vestido que nos cubre y el billete con el que pagamos eso que queremos; o lo que necesitamos.

Se rajan las cortezas de los árboles, las paredes de nuestro hogar, las carreteras que hacen de camino, los puentes que llevan y traen.

Todo se diseña para que sea (parezca) tan sólido, tan duradero, tan irrompible. ¿Y nosotros? ¿Yo? ¿Cómo soy?

Jamás me he quebrado un hueso, pero si algo falló en el control de mi calidad, es que sí puedo hablar de un corazón roto. También de piel herida y oídos quebrados, puedo hablar de sentir cómo la vida se arruga y luego se amplía, sé cómo me encojo y luego me estiro; cómo se siente cuando me lastimo y, sobre todo, de cómo ahora mismo vivo una intensidad tan devastadora como hermosa.

Puedo hablar de cómo me quiebro cada día y me obligo a aflorar en la mejor versión que tengo, la más sólida y robusta, la que, a pesar de eso, me recuerda que no soy irrompible. La que me enseña con amor y valentía que soy vulnerable. Que todos los días algo que daba por sentado deja de serlo de repente. Todos los días cambian mis preguntas y me quedo sin respuestas.

Reconozco mi vulnerabilidad y la abrazo, la respeto y acaricio. La voy curando en la medida de lo posible y hago que los frutos que da en mí me acompañen. Voy aprendiendo que la vulnerabilidad nos hace más y mejores humanos, sobre todo eso. Que tendría para entender, reflexionar y aprender y otros en los que me sentiré muy mal. Sin remedio. Que todo eso está bien.

Como el agua, somos (soy) frágil. Me muevo, me estanco y luego fluyo. Ahora vivo el lado de un lago que todos los días me lo recuerda. Y lo agradezco

Además de todo lo que a simple vista encuentro parecido entre Uganda y mi hogar en Medellín; además del meridiano de Ecuador situándonos en el mismo clima y así con la misma comida, forma de relacionarnos, manera de organizar la ciudad y casi la misma forma de ser, tenemos en común aquí y allá, en cualquier parte, sobre todo, la vocación al fracaso, a la fractura y al rompimiento. No terminamos de ser ciudadanos, sociedades, ni personas ejemplares, ¿quién lo es?

Voy abriendo los ojos, voy dejando a un lado mi autosuficiencia como mecanismo de defensa, me voy entregando a lo desconocido, a una vulnerabilidad que dignifica, que nos ubica en un lugar común y humaniza. Y eso me gusta, la idea de saberme y sentirme tan humana aquí y allá, haciendo que todo valga la pena. Moviéndome y encontrando en ese flujo que me lleva y me trae, como el agua, el sentido de estar aquí.