Cuando te rompen el corazón

Si uno no falla, sino que aprende, me voy a tomar un vinito hoy por la maestría que hice en estos dos años de relación. ¡Salud!

Todo cambia, era una posibilidad, estabas viviendo en una posibilidad y pasó. Te cambia la vida de un día para otro, literal: un día te aman y al otro día el cariño se va. No existe. No es nada.  Adiós a los sueños compartidos, a las acciones contempladas en pareja. Adiós al amor correspondido. Ya no está. Se fue.  Quedás con la cabeza dando mil vueltas, te querés hasta culpar para ver si así encontrás justificaciones. Pero no, nada justifica ese dolor. Nada.

Todo se cae. Todo abruma. Toda pesa. Todo, absolutamente todo, pierde sentido. Es una mierda.
Te tomás un vino, porque no existe otro tranquilizante mejor que ese y que llorar. Dios mío, qué bendición llorar. Te cansa un montón, pero te libera, cuando te limpias los mocos por última vez, vuelve el alma al cuerpo. Y volvés a llorar. Le podés hacer un monumento al llanto.
Tus lágrimas, tu dolor, tus sentimientos encontrados y tus secretos sobre todo lo que sentís, querés hacer y pensás, son lo único que tenés. Lo único que te queda, porque se pierde todo, y no querés pensar. Ni sentir. Ni existir.
Pero existís, ¡carajo!. Y te tenés que levantar a trabajar, y menos mal tenés trabajo, porque sería un despropósito levantarse a nada.
Existís, y tenés unas amigas y unos amigos a los que les tenés que contar la bomba. A los que les tenés que pedir auxilio. Con los que necesitás salir. Menos mal tenés amigos.
Vas viendo y aceptando que efectivamente no es el fin. O sea, sí el de la relación con ese amor de tu vida, pero no de la vida. Tu vida no se acaba ahí. Y menos mal. Qué tal. menos mal tenés una vida que va más allá de él.

Te tomas otro vino para seguir con la reflexión. Para pasar el trago amargo de ese adiós inesperado que acabó con la idea de vivir en una casa de campo con paredes amarillas o ir a jurar amor al Tíbet, sin hablar del montón de cuadros que iban a colgar en esas paredes amarillas. Sin hablar de los viajes. No, mejor no hablemos de los viajes. Menos mal no se viajó tanto.

Otro vinito para agradecer. ¿Qué más podés hacer? Gracias por el tiempo. Gracias por  la paciencia, la comida, los viajes, sí los viajes, ¡jueputa!, cómo gustan esos viajes, los que se hicieron y los que no. Gracias por los regalos, los consejos, la experiencia hermosa del amor.

¡Otro vinito y que vengan más!, digo, mientras voy en la mitad de la botella. Menos mal hay vino.

One Comment:

  1. Hermoso escrito. Y, efectivamente, finalizar una relación a la que se le entregaron las energías completas duele profundamente, pero te deja lindos recuerdos y experiencias que servirán en un futuro. Un gran abrazo y fuerza.

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