El mundo, un lugar para estar

Al contrario de lo que parece, el mundo sí es un buen lugar para estar.

Muchas veces he creído que este mundo, sí, el planeta tierra, no es un buen lugar para estar. No.

Sólo hay que ver noticias, escuchar la radio, salir a la calle, montarse al bus, reconocerse en el otro y desconocerse. Perderse. No estar. No ser.

En mi último viaje, justo en la última etapa, cuando llegué a la ciudad que le daba fin a mi itinerario, me vi sola, de noche, muy tarde, sin una dirección para llegar, sin conocer a nadie, sin ganas de hablar. Con hambre. Mucha hambre. No me fue muy bien con la comida cubana y justo ese día, me fue peor.
Llamé a mi mamá con los segundos que quedaban en la tarjeta… sólo escuché su voz 3 segundos, la llamada se cortó. ¡Qué impotencia! ¡Qué rabia! ¡Qué de malas yo! (claro, porque las cosas “malas” sólo le pasan a uno) y cuando me senté a ver qué pasaba, o no sé a qué, apareció Aurora y me dio un motivo para creer, para entender y confirmar plenamente, que el mundo sí es un lugar para vivir y que estar bien, es la opción con más probabilidades

Cuando vuelva a la casa de Aurora, ella ya tendrá más recordatorios en el diario que tiene en la habitación que alquila a turistas. La habitación que su esposo empezó a construir desde el 2013, con el dinero que le manda su hermana de Estados Unidos, y hoy es de las más bellas de Viñales, aunque por estar a las afueras de pueblo, casi no sea visible para los turistas.

Las historias de los viajes nos ayudan a humanizar el mundo. Conocer a otro, diferente, pero con la misma elocuencia para ayudar, para dar un saludo, para ponerse en los zapatos y abrazar las ganas de bienestar con la misma fuerza nuestra, confirma que el mundo es muy pequeño y que la realidad no es esa que nos hacen creer que está afuera llena de miedos y engaños, de corrupción y pocas ventajas de conocer.

Si vuelvo a Cuba, seguro, Aurora me recibirá igual, lo sé. En su tierra de tabaco y mogotes gigantes su casa seguirá siendo la más bella, la comida de su esposo la más rica, su nieta la más habladora; ya le habrá puesto segundo piso a la casa y un corredor que una la cocina con la sala, seguramente su padre ya habrá muerto, pero estará a ese lugar al que vamos cuando ya no existimos con la satisfacción de haber compartido sus últimos días con una hija que no lo abandonó y seco sus lágrimas y limpió sus suciedades hasta que fuera necesario para que él estuviera lo mejor posible.
Si vuelvo a Cuba, a casa de Aurora, ya Miguel, su sobrino y guía fiel, se habrá ido a Suiza y ella, Aurora, tendrá una colección infinita de recuerdos de viajeros de todo el mundo que llegan a ella y como yo, nunca la olvidan, le escriben por mail y la llaman al recuerdo cada vez que la nombran.

No son lo países, no los territorios, ni los días recorridos. Son las personas, los paisajes y sentimientos los que convierten esta tierra en un buen lugar para estar.


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