El tiempo detenido: la vida y el movimiento en Kampala

Este es un post sobre el tiempo detenido: mi vida ahora en este el movimiento que ofrece Kampala.

Hay novedad aquí. Claro, todo es diferente, lo asocio y luego lo desdibujo en la mente, “no es tan así”, pienso. Avanzo dos o tres pasos y luego tengo que retroceder lo mismo. Volver a ver, seguir intentando hacer conexiones; entender no, aun no entiendo todo lo que me rodea, todo lo que veo con extrañeza, simplemente voy aprendiendo a estar.

África es tratada como un bloque homogéneo. Sin embargo, este continente está formado por 54 países. Direccionarlos todos a lo mismo sería absurdo, por eso, consiente de mi aventura por uno de ellos, hablaré siempre de Uganda sin ánimo de declarar como última palabra todo lo que encuentro aquí, aunque pueda resultar tan parecido a otros países.

Las calles que conectan mi nuevo hogar con la zona céntrica de Kampala, la capital ugandesa, están, casi todas, rotas. Existen un par de calles principales pavimentadas, con menos huecos que las demás, pero adentro, en los barrios, se culebrea entre los puesticos de ventas de chécheres y comida sucia que hay a lado y lado de la carretera, lo que se ve adentro es polvo, huecos, pantano y numerosos obstáculos para avanzar.

Hace parte de esta expedición cambiar el ritmo, limitar la velocidad y aceptar.

Con sorpresa encontré que la capital del país no tiene disponibilidad de electricidad en las calles, que es urgente que construyan mejores carreteras y que logren estabilizar un sistema de transporte eficaz; aún no he estado en otras zonas del país, pero por lo que veo en noticias, escucho de conocidos y deslumbro en Kampala, el panorama debe ser el mismo.

Miro de reojo, observo, siento el pegote en mi piel. Mis pies están secos, ásperos, me impresiona el polvo en ellos. Sigo. Siempre sigo. Dejo que casi un litro de agua pase por la garganta, dejo que pase con fuerza, que me refresque todo, casi siento como si me inundara los pulmones también. ¡Qué alivio!, siempre quiero tener el agua cerca, la temperatura aquí no alcanza ni los 28 grados, pero al medio día, si estoy fuera de casa, siento que estoy muy cerquita del sol.

Me gusta de vivir al lado del lago Victoria, que se convierte en el compañero de todos mis pensamientos, en la reflexión diaria de la vida aquí. Clic en la foto para seguir leyendo.

La calle por la que camino tiene una gama de colores que no se puede borrar de mis ojos. Empiezo a ver estos tres colores en todo: naranja, morado, amarillo. Son como las figuras de un caleidoscopio en mi mente, cambian de forma, pero mantienen algún patrón. Se anchan y se achican también. Quiero tocarlas, adentrarme en ellas, parecen el centro de una fruta tropical, dulce y aguada, refrescante.

Ese polvo que se alza de las calles rotas de Kampala se conjuga con el aire que voy respirando, sí, respiro tierra. Es denso y se me mete por la nariz haciendo espacio para quedarse en la piel, tengo que sacudirme. Los primeros días me cansaba de hacerlo. Como con todo, ya voy acostumbrándome.

En Kampala no hay zapato limpio y no importa. Se anda a pesar de eso y de la barrera que hace el pantano. Llevas contigo a todas partes la tierra, el polvo naranjado que ya es parte del paisaje, de la ropa y de las fosas nasales. De los pulmones también.

Se maneja con el volante al lado derecho, se anda al lado derecho de la calle, debería, pero no hay una regla fija para esto, ni para todo lo demás. Ellos van a otro ritmo, sus necesidades son otras, la forma en la que se relacionan entre ellos y con extranjeros también. No hay afán, todo está bien.

A veces creo que el fin de la vida está en alguna de las calles polvorientas de Kampala. Me veo muerta cada que una bodaboda atraviesa sin escrúpulos las calles con huecos para metérsele a un carro por delante o por detrás … clic en la foto para seguir leyendo.

Con esa posibilidad de detener el tiempo, de ir menos apresurada, veo comportamientos aquí que también son cotidiano en la ciudad de dónde vengo, Medellín, y en otros lugares que he pisado.  Comprendo un poco más en qué consiste la universalidad. Y me conmuevo.

En Kampala no lo hay todo, pero todo se puede conseguir. Si algo me ha impresionado de esta ciudad, es lo cosmopolita que puede ser. En cada rincón hay un europeo, un latino, un asiático. Negros y muzungos (como llaman abiertamente a los extranjeros) convivimos en una ciudad que está de número 13 en la lista de ciudades con el crecimiento más rápido del mundo, Kampala tiene  una tasa de crecimiento poblacional anual del 4.03 por ciento y ha sido clasificada como la mejor ciudad para vivir en el este de África por delante de Nairobi  la capital de Kenia, de la que todos hablan y de la que llegan importados muchos de los productos que lastimosamente Uganda aún no está en capacidad de producir.   

No salgo de la impresión, esta imagen es, ahora mismo, todo lo que puedo pensar de Kampala: Movimiento. Voy ahí, subo hasta una terraza y me quedo mirando todo. Clic en la foto para seguir leyendo.

Si uno se adentra a la zona más desarrollada de la ciudad, donde viven la mayoría de extranjeros, donde están las embajadas, cancillerías, ONG europeas y gringas y las sedes de grandes empresas, se empieza a ver ese crecimiento estructural del que hablan los economistas. Hay Restaurantes afrocaribeños, belgas, chinos, alemanes, indios, etíopes, de fusión, iraníes, italianos, japoneses, coreanos, mexicanos, pizzerías, turcos, vegetarianos y hasta un bar de tapas. La lista se hace interminable.

Hay también un campo de golf abierto al público que parece sacado de una tira cómica por la forma en la que está ubicado: antes de llegar a los barrios de los ricos y justo antes de atravesar el centro de una ciudad caótica donde se rebusca la vida de quienes tienen que pasar el día con menos de 2 dólares. La situación económica es complicada por varios factores, uno de ellos es el colapso de los precios de las materias primas. Es que si en Latinoamérica los índices de desigualdad son altos, aquí en Uganda la brecha no está menos abierta. Se ve a la derecha al pobre y la izquierda al rico, la clase media es un fantasma. Para vivir como he estado acostumbrada a hacerlo en Colombia, Kampala resulta una ciudad costosa, pero de eso hablaré luego.

Hay algo que me inquieta y confronta, me confunde: Kampala es una ciudad de paso para mí, y lo es también para los más de 10 mil extranjeros que la habitamos. Eso me ha permitido ver que no conectar tan profundamente con este pedazo de tierra hace que no se cuide como debería, mi primera impresión es que los visitantes de países desarrollados prefieren financiar y ser parte de la mitigación y no la adaptación. Soy colombiana y no crecí en un país precisamente con todas las comodidades y garantías, pero sí que he tenido más oportunidades que muchas personas que ahora me rodean, por eso leo que el mundo desarrollado no está asumiendo su responsabilidad en la contribución de acciones que hacen que países como Uganda no terminen de despegar.

No se hace un buen tratamiento de las basuras con la excusa de no encontrar dos papeleras para eso, como si separarlo desde la casa fuera difícil. Se paga a los locales sumas menores de las que se pagan a los extranjeros por hacer el mismo trabajo de ellos. Con la excusa de las enfermedades y bacterias se prioriza la compra de alimentos en cadenas y no en los mercados locales, como si hervir aguda para lavar las frutas y tratarlas bien antes de consumir fuera una tarea titánica. No termino de comprender bien estas relaciones entre quienes están de paso y los que habitaran este lugar siempre. Creo que en un año tendré tiempo para hacerlo.

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No llegué a Uganda creyendo que sería fácil vivir aquí o que estaría totalmente cómoda con todo lo que ofrece su capital, este no es un destino trending al que cualquiera quisiera venir a vivir, no es el top del desarrollo o la cultura en el mundo y está lejos de ser el lugar donde quisiera echar raíz, pero todos los días respondo, me respondo, ¡no!, no es tiempo de volver o de irme a otro lugar.

Las geografías me van demostrando que nada es absolutamente bueno, malo, claroscuro o definitivo. Pero ahora, más que nunca (y esto tampoco es absoluto, definitivo o pleno), para mí la posibilidad de despertarme en un lugar diferente del mundo cada tanto es motor.

¡Este mes he reafirmado que quiero seguir viajando y viviendo en diferentes países!

Este no es este el destino que menos me exige, tampoco el que más me ofrece, pero mi primer país en África hace algo todos los días: me recuerda que al final, es poco lo que necesita mi corazón para estar a gusto.