Estambul, mi rendición ante lo desconocido

No sé qué fue lo que me desarmó, si su mirada profunda, a través de los ojos negros que se enmarcaban en el burka – después sabría que es un niqab –  o mi incapacidad de encontrarle sentido a verla ahí, reducida, a un velo negro que la desdibuja entre la multitud de Estambul. Acababa de llegar a la capital de Turquía y la sorpresa ante la diferencia me tenía perpleja.

La capital turca fui el primer destino de un viaje que marcó una decisión transcendental de mi vida: independizarme lejos de casa y empezar una vida en otro país. Como puente entre América y África, llegué a la única ciudad del mundo que está entre dos continentes, Europa y Asia. Si lo miro así, llegar a Estambul supone atravesar medio mundo para encontrarme de frente con la definición clara del concepto de diversidad. Diverso sería todo en adelante.

Lo primero que me hizo parar el andar, agitar mi cabeza de izquierda a derecha y pensar por un segundo sí era real lo que estaba viendo, fue a un grupo de mujeres haciendo la fila de migración, delante de mí, con todo su cuerpo cubierto con un vestido de color negro que solo dejaba ver un parte de su cara, una porción de piel entre las cejas y esa línea imaginaria que atraviesa los pómulos y el dorso de la nariz.  Ya había visto un par así en televisión y fotos. En Nueva Zelanda había compartido cursos de inglés con mujeres árabes que cubrían su cabello y parte de su rostro, jamás algo así, me sentí aterrada, desubicada y con miedo. ¿A dónde había llegado? La diversidad era eso, lo desconocido, lo que contrastaba.

A mi alrededor, había más mujeres vistiendo igual; una mujer llevaba a sus hijos en la misma fila, un niño y una niña de unos 4 o 6 años, tenía al hombre que la acompañaba sujetado de la mano y noté que ella recostaba su cabeza al lomo de él mientras pasaba el tiempo. Era su esposo, seguramente. Vi a otra mujer joven con dos hombres que tal vez eran sus amigos, ella tenía las cejas mejor depiladas que he visto jamás, encerraban unos ojos cafés claro que parecían la corteza de un árbol al mirar, era una mirada dura y rígida. La imaginé hermosa sin el velo.  Me costó mucho asimilar que no la podía pensar mujer sin ese vestido, que esa tela negra sobre ella representaba toda una barrera para mí.

Era simplemente una tela cubriendo el rostro, sin embargo, yo lo asociaba entonces con la opresión, el terrorismo y las creencias religiosas extremistas. Algunos burkas solo disponen de una malla que permite ver, el niqab es un velo que se usa como pañuelo y que deja los ojos al descubierto y el hijab es una especie de bufanda que cubre la cabeza y el cuello.

Agradecí mi sello en el pasaporte y salí a la ciudad, me fui detrás de la chica con el niqab que dejaba ver sus ojos cafés fuertes, la seguí a ella y a sus dos amigos a ver qué hacían. Los perdí por un momento mientras peguntaba el precio de un tour por la ciudad que quería hacer. Vi que tomaron la salida principal del aeropuerto y que luego cruzaron a laizquierda, que era la vía hacia el metro. Ir en metro al centro del Estambul es la opción más económica. Avancé con ellos. En el recorrido vi a otras mujeres cubiertas también, con sus carteras de colores, zapatos Nike, Adidas o Vans, las vi con niños, con parejas y solas. Las escuché reírse, a una gritar y a otras discutir entre ellas. Era normal y yo me asombraba por eso.

Ya en el metro, me atreví a preguntarle a uno de los acompañantes de la chica de los ojos cafés, si estaba parada justo al frente del tren que iba con dirección al centro. Nos entendimos en inglés, nos montamos en el mismo tren, ellos en un vagón, yo en otro y empecé a acercarme al corazón de una ciudad que recordaré siempre por inaugurar mi mirada con el mundo islámico.

Pasadas cinco estaciones, el chico al que le pregunté antes si ese era el tren correcto, me alerta que debo hacer transbordo, dejar el metro e ir al tranvía, me despido de ellos, la mirada de esa mujer aún la recuerdo.

Cambié al tranvía para perderme sin complicaciones por las calles de Estambul. Me guiaron mis zapatos, eran sólo seis horas libres ahí y ya había decidido que lo único que haría sería andar.

La parada anunciaba que había llegado a Sultanahmet, estaba ahí, en el corazón de lo que fue Constantinopla. En pocas cuadras se encuentran monumentos a la historia como mezquitas, iglesias, bazares, sólo basta caminar un poco más para después encontrar el Bósforo y quedar atónito frente a su inmensidad y a la posibilidad de estar justo en dos continentes a la vez. La grandeza del mundo, su diversidad. La belleza.

Empecé viendo las mezquitas, los colores azul, ocre, blanco y amarillo que protagonizan los collages en las paredes que se alzan ante mi mirada ignorante. Vuelven a travesar mis ojos, las miradas de mujeres que llevan sus cabellos y rostros cubiertos. Atravesé la plaza central de Sultanahmet, veo la bandera turca en cada esquina. Una luna menguante y una estrella, ambas de color blanco, sobresalen del fondo rojo, más rojo que la sangre. Luna y estrella, rojo y blanco, colores y símbolos de un pueblo que acerca un poco al islam.

Caminé tanto que me vencí. Y me asusté también; me perdí dando vueltas por el centro de Estambul, llegué a usa zona donde las ventas zapatos chinos, gorras, electrodomésticos de segunda y verduras casi podridas, se alzaban entre cajas de cartón que me daban a entender que no era esa una zona para divisar la parte turística de la ciudad. Empezó a latir más rápido mi corazón, hacía calor, yo sudaba y no entendía nada. No me atrevía ni a sacar el celular para ver en Google dónde estaba. Recuerdo que corrí un poco, me sentí ridícula porque nadie me perseguía, era yo misma la amenaza. Entre a un pequeño café, pregunté dónde estaba y cómo podía volver a la plaza. Me explicaron que estaba como a 20 minutos, caminé más confiada, menos rápido. Llegué a una estación del tranvía, respiré ese aire denso y contaminado de Estambul, como si fuera el más fresco Luego seguí al canal.

 

El canal del Bósforo es un estrecho que conecta el Mar Negro con el Mar de Mármara separando Estambul en dos partes: la europea y la asiática. Tiene como 30 km y la anchura es como de 700 metros que luego se convierten en cuatro km justo cuando llega a la boca del Mar Negro.

Me pierdí en él. Me dieron ganas de atravesar el puente colgante que descansa sobre el mar. Me quedé como una hora ahí sentada recibiendo la brisa. No era la única, hay turistas y locales también. Ventas de maíz asado como los que estoy acostumbrada a ver a la salida de conciertos en Colombia. “¡La universalidad!” pienso.

Caminé como tres kilómetros bordeando el mar, veo salir tours de cruceros, pescadores y gente feliz. Hizo sol ese día en Estambul y todo estaba tranquilo. Tuve tiempo para ir a comer. Por supuesto elegí un kebap, no fue el mejor que he comido, pero no estaba mal. La combinación del jugo de la carne con el yogur con el que lo sirven no termina de convencerme.

No podía dejar de mirar las personas ahí, los hombres con sus barbas largas, las cejas pobladas, una sonrisa coqueta y una altura que casi siempre superaba el metro setenta, me parecían bellos. Las mujeres no dejaban de fascinarme porque casi todas cubrían una parte de su cabeza.

Tendría que tener más información sobre el islam para comprender eso, porque no dejó de impresionarme ni un segundo. Pienso que no es “justo”, ni “bueno”, ni “sano” para la mujer, tener que cubrirse, pero también pienso que cualquier acto de voluntad no debe suponer el castigo conceptual ni mío ni de nadie.

Esas seis horas por Estambul caminando y sorprendiéndome con el poder de ser testigo de tanta vida, llenaron de gracia la escala antes de llegar a mi nuevo hogar en Uganda. Me quede con la inquietante, pero generosa sensación que da ver la libertad, la diversidad.

Comprender que el mundo se me va a seguir expandiendo y que voy a ver a muchas personas tomar decisiones diferentes a las mías, vivir de forma diferente. Hasta yo misma podré verme en situaciones que no pensaría antes y que eso no debe cargar debate con juicios de valor. Viajar como un regalo para celebrar la diversidad, así no la entienda.