¡Hakuna mamata! Mi primer safari en África.

Así ¡sin problemas!, y a esa expresión que viene del Suajili le sumo “safari” que en ese mismo idioma significa viaje. Hice un viaje al oeste de Uganda, llegué al Parque Nacional Murchinson Falls que comparte aguas del lago Albert con La República Democrática del Congo; 3.800 km2 de una escala de verdes y amarillos que se conjugan en el horizonte con el azul del cielo que abraza los días allí.

Para llegar desde Kampala, la capital ugandesa hasta la zona del parque, hay que tomar una cerretera principal que une al país con Ruanda, son unas 6 seis horas de viaje por el angosto paso. En el trayecto también se pueden ver animales y las pequeñas villas de las comunidades rurales que viven alejados de cualquier idea desarrollo que se pueda pensar. Eso dará para otro post más adelante.

Esta experiencia la viví al lado de un hombre de Bulgaria y una mujer de Eslovenia que como yo llevaban poco tiempo en el país y no querían perder la oportunidad de ver a los animales frente a frente.

Vladimir, Nina y nuestra guía durante el primer recorrido por el Parque. A espaldas de una parte del lago Albert donde vimos hipopótamos

Esa parte del viaje la llamé El poder de la confianza.
Confiar en el desconocido que planea viajar contigo. Confianza en la capacidad de los tres para manejar por primera vez en las angostas carreteras africanas que unen caminos que muchas veces nadie sabe a dónde van. Confianza en la propia intuición, en la capacidad de decir no cuando se siente que alguna decisión no es la correcta. Confianza en el lenguaje corporal, ese que a veces es más elocuente que los idiomas. Confianza en la naturaleza que sorprende y a veces amenaza.

Estuve en shock por varios días porque no es fácil salir del asombro cuando eres testigo de la vida de los animales en su propio hábitat, sobre todo, porque ante su presencia queda en evidencia toda la fragilidad humana. Y a nosotros nos agobia sentir que no tenemos el control.

Un safari es ver la vida en libertad, sentir la presencia suprema de los reyes del mundo: los animales. Un safari en las llanuras de este continente negro permite reafirmar en el recuerdo y en la mirada actual, una imagen que se viene a la cabeza cuando nos hablan de África: un elefante y una jirafa en medio de la selva.

El segundo día, entramos muy temprano al Parque para ver el amanecer en silencio. Cuando leones y leopardos están más activos, buscando lugar para descansar luego de la noche que es cuando salen a cazar

Los animales viven con tanto encanto en su propia zona que cuesta creer que el hombre fue capaz de arrebatarle, le sigue arrebatando, su paz. Leones, elefantes, rinocerontes, leopardos y búfalos son los cinco grandes, verlos puede llevar horas o días. En esta ocasión me quedé sin ver el leopardo, pero pude ver los demás “grandes” y también vi jirafas, jabalíes, antílopes, gacelas, rinocerontes… toda clase de micos y pájaros, y tantos otros animales que no sabía que existían. ¡Qué ignorante me encuentro al nombrar a tantos animales en grupos amplios!

Es tan diverso su universo y tan poco lo que conocemos.

En un safari el hombre no pone las reglas; se va andando a medida que los animales van permitiendo el paso.

Vemos los animales de lejos, a veces permiten que nos acerquemos. Ellos nos abrazan y por un par de días nos dan permiso de habitar el mundo cerca a ellos, y con esa sorpresa, tratar de entender mejor de qué va la vida.

Los más grandes, mis nuevos favoritos, son los elefantes. Los reyes. Fueron varios los momentos sublimes frente a ellos. El más divino fue en el lago.

Este fue, para mí, el momento más emotivo del viaje

El pequeño ferry que nos trasladaba desde el puerto del Lago Albert a la cascada Murchinson, recorría las aguas a unos 30 km por hora. Íbamos despacio observando el follaje. Y entonces los vi. Una familia de elefantes a orillas del lago alimentando a las pequeñas crías. Los pequeños siempre van en el medio, no adelante, no atrás, en el centro. En el corazón de la manada.

Su calma y tranquilidad, su contundencia para alertar cuando es hora de abrir campo me marcaron profundamente. Paz, paz, paz.

Paz y calma me inspira ese ser que va despacio cargando su inmensidad sin hacer daño, sin malgastar la vida, cuidando los suyos y conviviendo con los demás.

Un safari es eso, un viaje para contemplar la vida. Un safari exige darle otro sentido al mundo. El desafío de observar a los animales te obliga a recuperar el instinto perdido de cazador y recordar cómo aguzar los sentidos, mirar entre la hierba, hacer silencio y pensar con la lógica de los antepasados que iban por sus caminos buscando animales en libertad. Esta primera experiencia en la selva me permitió ver esa otra cara de Uganda, alejada de la que conté el mes pasado en este post, lejos de los tumultos de gente y más cerca de todo lo primordial, de lo esencial. Una jugada maestra entre el animal y yo. La vida en toda su esplendor.

Me sigo conmoviendo con la vida aquí.