I am free

Tenía diecisiete años, no había logrado tener un cupo en la universidad pública para estudiar periodismo o comunicaciones y en cambio pasaba mis días trabajando; primero en una guardería durante las mañanas, luego tiempo completo en una tienda de artículos para buceo y natación. Al lado de esa tienda, que fue el escenario de los primeros grandes errores que cometería en mi vida adulta y de los más valiosos aprendizajes sobre lo que es “ganarte la vida”, un par de jóvenes empezaron a tatuar.

Cada día se fue convirtiendo en una oportunidad de admirar la tienda de tatuajes. Una tarde después del trabajo me vi con mi mamá, cruzamos a la tienda vecina y me tatuaron una combinación de flor de cerezo con jasmín, dos de mis flores favoritas, con la frase Free forever. Tenía que ir con mi mamá porque tenía diecisiete, era menor de edad y necesitaba un consentimiento adulto y responsable. Tenía que ir con mi mamá porque tenía diecisiete, era menor de edad y no dimensionaba que esa libertad anhelada, presumida y tatuada costaba la vida entera.

No es una mera anécdota lo que acabo de contar, es una lección, en general. Esa libertad que desde los diecisiete ha estado latente en mi como promesa, vía, obstáculo, complemento, gracia y fin, hoy casi diez años después me lleva a hacer un recorrido por todo lo que he atravesado para consagrarla, para abrazarla y honrarla. Porque alcanzarla, a ella, a una libertad en calma, es toda una correría.

Existe y se vive día a día. La libertad son las decisiones, pequeñas o grandes que tomamos en todo momento. Esas decisiones y sus consecuencias.
Antes creía que los arrebatos y las decisiones tomadas a la ligera en nombre de mi ímpetu eran la libertad. También creía que lo era hacer lo que me daba la gana sin pensar antes en las fatales consecuencias que después me veía obligada a enfrentar. Por momentos asumí que mi libertad era sinónimo de soledad o que ser libre era jamás compartir, ceder o negociar. Libertad era entonces sinónimo de ganar y sino, que no me hablaran de batallas.

Y viví una pequeña parte de mi juventud creyendo ser muy libre. Dándome guarapazos contra todo aquel que se atreviera a desafiar mis paradigmas y aprendiendo, a punta de lágrimas, que había acciones que era mejor no realizar, comentarios que era mejor callar, cuerpos que era mejor no amar, trabajos que era mejor no tomar y calles por las que era mejor no correr. Viví una pequeña parte de mi juventud viviendo todo tipo de experiencias, con los ojos abiertos a cuanto paisaje había, con el deseo de recorrer el mundo, viajando por aire, tierra y mar, casi siempre sola porque era mejor que nadie me dijera cómo hacerlo, siempre con la libertad como bandera, como objetivo, como final.

Y fue tanta la adoración a esa palabra que la fui entiendo. Crecer es una maravilla. El tiempo es el regalo más preciado que la vida nos da. Ver en perspectiva todo tiempo pasado es consuelo y gran oportunidad.

Llevo contando mi vida, con mayor intensidad desde el 2013, entonces tenía veinte años. Ese fue un buen año; lloré mucho y cometí muchos errores. Consolidé amistades hermosas, fue el primer quiebre de mi vida y deje, como nunca, muchas cosas que me pesaban. Tuve mi primera gran lección de libertad.

“La idea de libertad sólo se manifiesta, porque sólo se desarrolla también.“ Libertad es acción, vida en movimiento.

Después vino el 2016, qué año tan duro. En su momento quería mandar a hacer una camiseta que dijera: 2016, te sobreviví; fue aterrador y muy bueno también. Me dio muchas más lecciones sobre ese concepto bello que llevo marcado en mi espalda.

Regresé  a Colombia de un largo viaje a Nueva Zelanda y todo cambio en mi vida, en adelante sólo quería viajar y compartir esa idea con los cercanos, me costaba, deje un trabajo que amaba pero que no me pagaba bien, después encontré un trabajo soñado, terminé una carrera que disfruté hacer pero que nunca creí suficiente, me vi con el corazón roto, me sentí con el corazón roto, sobreviví a mi corazón roto, conocí a muchos artistas que inspiraron mi carrera, me compré un tiquete para ir a Europa por un mes. Me empecé a reconstruir poco a poco.

 “La libertad es la capacidad de elegir y tomar decisiones, y eventualmente de llevarlas a cabo, con cierto grado y ciertos tipos de control sobre el proceso de elección, decisión y acción.” No hay tiempo definido para esto, no hay edad o fecha. Todos lo vamos descubriendo a nuestro ritmo.

Y para seguir con la cuenta de tres en tres, que no es más que una mera coincidencia, sincronicidad diría Jung, este 2019 también ha sido un muy buen año. Una cosecha preciosa que me han dados los tiempos pasados, desde el 2017 cuando decidí empezar una terapia psicológica -tomar tiempo para mí misma sea como sea- a la que le debo la calma en la que hoy vivo.

Reconstruirte sin importar la edad en la que estés, es un ejercicio que reclama tiempo, determinación, renuncia, disciplina, prudencia y coraje. Y hablo de reconstruirnos, no como un nacer de cero, sino como un empezar cada día, atajando a la persona que dejamos atrás cada noche y empalmando con la que despierta al amanecer. Es un ritual de todos los días que exige administrar la libertad de la mejor manera.

Estos días de vida en soledad en mi casita de campo en Kampala, este año de trabajar como niñera y profesora de español y caminar por tierras desconocidas me ha permitido, como nunca, saborear una victoria importante y monumental: vivir la vida que quiero.

Este tiempo de montañas rusas, de verme alegre paseando y triste lejos de mis amigos, estos tiempos de lecturas, de escritura en el diario, de películas repetidas, de nuevos rostros, de nuevos cursos, de ansiedad y cambios profundos ha sido un privilegio.

Esta claro que no todos podemos acceder a este proceso, que algunos llamamos lujo esto… ¿cómo puede ser un lujo dedicarte tiempo de calidad? ¿por qué lujo y no prioridad? claro, puede ser porque no somos del todo tan libres, porque el mercado, la demanda, la industria, las creencias, el consumo, las opiniones ajenas, la familia, los amigos, el otro, ¡tantos estímulos! siempre están determinando nuestras acciones y pasos a seguir. Una lástima.

Este año me ha hecho entender una tercera, y estoy segura que no la última, lección sobre mi libertad.

“… la libertad no es en modo alguno un santuario interior, puro e incontaminado, inmune al influjo de factores externos, sino una capacidad compleja que, como otras, puede mejorar, empeorar e incluso, en casos extremos, perderse, debido a tales influencias”

Somos privilegiados al administrar nuestra libertad, eso nos da, a mi modo de ver, dos tremendas responsabilidades: hacer algo con esa experiencia, compartirla, manifestarla, promoverla… y no permitir que esa libertad nos nuble la visión sobre lo aterradora que está la realidad y lo necesario que resulta siempre trabajar con compasión, amor y responsabilidad en nosotros mismos para lograr que las secuelas de una vida buena se manifiesten en los otros y sigamos haciendo de este mundo el buen lugar que es para estar.

La necesidad y defensa de la libertad individual ha sido un llamado desde diferentes corrientes filosóficas y políticas, esto no es un mero texto sobre mi experiencia personal; en contextos patológicos, ansiosos y aberrantes, como los que viven nuestras sociedades cada vez más desconectadas, desintegradas, sometidas a regímenes de consumo y capital que nos empobrecen y dañan la tierra, poder alcanzar la soberanía de algunas acciones concientes, es toda una forma de resistencia y de buena vida. Que no sea a vivir de otra manera por lo que nos levantemos cada día.

Aún sigo yendo a tatuarme con mi mamá, un pequeño gesto de libertad, por ejemplo.

Las frases entrecomillas, son comentarios del filósofo español Carlos Moya.