Lecciones

El 2018 fue el año en el que crecí. No fue un año malo; no fue un año bueno. El 2018 me llevó muy lejos de todo lo que antes había llamado hogar y me acercó y a mi verdadera casa, mi cuerpo y alma.

El 2018 me conmovió toda, completa; me vio romperme de muchas maneras, me vio rearmarme, me hizo fuerte, me enseñó a elegir mejor esas batallas que quiero pelear y las situaciones por las que quiero sufrir.

El 2018 me hizo odiar mi amor por la independencia y la soledad, me martirizó cuando pensé más en los demás que en mi misma.

El 2018 más que a soltar, me ha enseñado que no se debe tener miedo a provocar el sufrimiento de los que amamos y eso es liberador, en eso consiste el tremendo privilegio de saber administrar la libertad.

El 2018 me enseñó a ver que no existen las vidas enteras, que todos vamos por ahí, rompiéndonos y armándonos, que es ahí donde nos hacemos grandes, que es en ese proceso en el que vamos comprendiendo la oportunidad de habitar la tierra. Que aunque no lo queramos ver, todos y cada uno de nosotros, está viviendo su momento. Y que eso es sagrado.

El 2018 me dejo una conciencia impresionante sobre mi responsabilidad con el planeta, con los animales, plantas y hombres que la habitan. No quiero dañar la casa en la que habita mi hogar y el de los que amo. Entendí que somos un grano de arena en el gigante universo, que desde el espacio no nos vemos, que realmente somos tan mínimos, tan mínimos y sin embargo tenemos poderes mágicos.

El 2018 me dijo, casi como un grito, no esperes al amigo aquél, abraza y que se vaya a donde sea que quiera estar. Aprendí a realmente saber estar.

El 2018 fue mi año del perdón y de la abundancia, del amor propio y de la esperanza.

El 2018 me trajo a África. No tengo palabras para hablar sobre esto. No sé si tenía que venir hasta aquí para poder vivir esta tremenda introspección, para poder acercarme a los que realmente quiero cerca y para amar sin medida, más, a la humanidad. Las circunstancias son estas, no puedo dejar de alabar la vida en Uganda.

Este fue el año de mirar atrás, hasta mi infancia, para reconocerme hoy, ya adulta y ver hasta donde he llegado. Para perdonarme, felicitarme, abrazarme, rearmarme, contenerme, guardarme y valorarme. Este fue el año de regalarme una terapia psicologica completa, de asumirla con humildad, como acompañamiento. ¡A veces no somos capaces de hacerlo todo solos! Para llegar a este ese punto, necesitamos transitar varios caminos.

No sé si el 2018 me hizo mejor, sé que fue un año muy duro, y sé también que me cambió, eso sí. No sé qué haya hecho con ustedes este año, seguramente también vivieron esa zarandeada tremenda que los astros en el cielo abonaron para nosotros en la tierra. Creo que hay algo que nos une a todos los que de alguna manera compartimos cierta intimidad: un esperanzador y poderoso deseo de amor, transformación y reconciliación. Que se siga manteniendo eso, que pase, que así sea.

El 2019 no será un año menos difícil, no traerá menores sorpresas, rupturas y aventuras. Pero como año, como cada día, como cada amanecer, será una oportunidad maravillosa, un milagro.

Feliz y próspero año nuevo 2019.