No somos seres estáticos

No somos estáticos, no. No es estática la naturaleza, no es estática la razón. Ni siquiera las ficciones son estáticas. Siempre todo está en movimiento, transformación y regeneración. Nos movemos, avanzamos, retrocedemos, paramos por momentos para honrar el silencio y la lentitud y sin embargo en esos instantes de calma y aparente quietud, nuestra conciencia comprende, reflexiona, crea y avanza en esa búsqueda constante de aceptación y supervivencia en el mundo que nos tocó. En el mundo que creamos cada día.

No somos seres estáticos y nuestra vida no está dada para solo vivirla en función de ciertas acciones físicas que nos permiten mantener el corazón, el hígado, los riñones y demás órganos trabajando en el cuerpo.  No estamos aquí solo para atisbar que el frío nos congela y el calor nos hace sudar. No estamos aquí sólo para cumplir las expectativas socioculturales que otros han creado, por años, para nosotros o las que nos hemos autoimpuesto. No somos un bulto de carne y huesos ocupando un espacio en el universo. Somos diminutos si nos vemos desde el espacio, sí, pero somos grandes y sobre todo suficientes si nos reconocemos como seres humanos teniendo una experiencia social, una que adquiere sentido en función de la relación con el otro.

Sentimos y actuamos todo el tiempo dependiendo de quiénes somos. Un día unos y otro día, otros. Porque siempre cambiamos, no somos estáticos.

No somos naturalmente seres malos; la supervivencia nos ha exigido desarrollar sentidos y realizar acciones para poder sobreponernos a diversas circunstancias, casi siempre y en nombre del poder humano y la ciencia y algunos símbolos también, hemos dañado al otro por encima de los principios, los derechos y la humanidad que nos caracteriza. Está bien, ya hemos hecho mucho daño, ya nos hemos hecho mucho daño. ¿No es acaso tiempo para el cambio?, ¿para la empatía, el respeto, la alegría, la plenitud o el amor?

Entiendo que se crea que los anteriores son términos que la modernidad ha creado para generar estados de consumo masivos y sin sentido, entiendo que sean vistos como fines comunes, para mí esa es una aberrante creencia que nos castiga y aniquila por completo en sentido de su esencia.

Felicidad y amor, por ejemplo, no son fines, pero tampoco la rabia, la tristeza y el dolor lo tienen que ser. No podemos seguir alimentando un estado de demencia tan desesperanzador como el que ahora nos cobija. No podemos creer que estar rabiosos por las muertes inocentes, los políticos corruptos, las redes con sus algoritmos inhumanos, el patriarcado, el cambio climático, la guerra, la homofobia, la pobreza y … (sí, sé que existen muchos motivos) es la única manera de asimilar esa realidad.  Hay que asimilar sí, pero transformarla también. Eso, sobre todo.

Reflejar nuestras emociones de forma transparente, contagiar nuestra preocupación, tristeza, desesperanza, miedo, frustración, dolor e impotencia frente a los actos que nos tocan y todo lo que cambia de forma evitable frente a nuestras narices, es tan válido y necesario como asumirnos humanos buenos y sensatos.

Todo eso es necesario, seguir reclamando el derecho a la felicidad y al amor no como únicas metas en la vida maquilladas de filtros y marketing, sino como lo que son realmente, emocionen que potencian lo que somos y que nos ayudan a ser y compartir nuestra mejor versión. 

No sólo convirtiéndonos en mejores personas podremos salvar al mundo del cambio climático que afrentamos, pero sí aportando nuestra mejor versión al conjunto, podemos realizar acciones de peso que reduzcan el impacto negativo de lo que hacemos. 

Poco puede aportar una mujer rota, por haber sido violada durante su infancia, a un mundo en el que ve a todas las personas como objetos de deseo. Poco puede hacer el niño asesino por el mundo que habita, si sale a la calle a reconocer al otro como una víctima-agresor. Poco puede hacer el hombre que nació creyendo que llegar al punto más alto de una carrera ejecutiva era su única meta en la vida o la mujer a la que le inculcaron desde pequeña que solo ser mamá le iba a dar sentido a su feminidad… tantos ejemplos que podría mencionar, todos tan cliché, tan básicos y tan normalizados y sin embargos todo con una realidad tan a cuestas: estos ejemplos y los que no menciono tienen algo e común, todos, a la final son la muestra exacta de la desconexión total que tiene el ser humano consigo mismo y sus circunstancias. Una muestra urgente de la necesidad de gritar, buscar apoyo, navegar en conjunto y superarnos poco a poco.

No sabemos quiénes somos, qué hacemos, qué queremos y qué significa nuestra vida aquí en la tierra. Desconocemos nuestra historia y así, la del otro. Desconocemos todo cuanto nos hace, desconocemos la realidad y también las ficciones que, por años, a través de lo simbólico, han cargado nuestra vida de algo, algo que sabemos que existe pero no nos atrevemos a contemplar y que peor aún, a veces es tan alto el grado de vida en «piloto automático» que ni intuimos que está y que merece ser encontrado, reconocido y comprendido. 

Hay una desconexión gigante entre nuestro cerebro que dice razonar, con el corazón compasivo y humano que late cada segundo en nuestro pecho recordando que la vida es ahora. Aquí y ahora. 

No sigamos alimentando esa desconexión entre lo que nos dicen que es lo mejor, lo que nos venden como único o lo que creemos que hace bien a los demás y en el fondo no nos conecta con nuestra esencia; no nos quedemos quietos frente a lo que pasa en nuestro corazón e inconsciente, recordemos siempre que no somos estáticos.  

El camino hacia una vida en conciencia, asumiendo los destrozos de una humanidad que parece fracasar cada día y que no progresa, aunque sí; el camino hacia el reconocimiento de emociones propias, hacia la gestión compasiva de las acciones que realizamos y hacia la contribución de nuestra mejor versión al bien común, es retador, exigente e intenso. No es fácil ni conciliador todo el tiempo. Puede verse como opción sólo para los privilegiados, algo que no me atrevo a discutir. Pero es la única salida. Tenernos bien, gestionarnos, mirarnos, admirarnos y comprendernos es el fin de la vida.

Es un camino lleno de escombros que cuesta pero que edifica, la única vía que ahora veo posible. La única que hace honor al cambio, al movimiento y a la energía cíclica del universo que es la que nos mantiene aquí. Recordemos siempre que no somos estáticos. Estamos vivos.

Como una gota de mar participas de la corriente […] Te hinchas lentamente en la tierra y lentamente te vuelves a retraer en respiraciones infinitamente largas. Recorres largas distancias en una corriente imperceptible, bañas las costas extrañas y no sabes cómo llegaste allí. […] te precipitas nuevamente en la profundidad, y no sabes cómo te sucede esto. Antes creías que tu movimiento venía de ti y que él necesitaba tus decisiones y esfuerzos […] Mas, a pesar de todo el esfuerzo, nunca hubieras llegado a aquel movimiento y a aquellas zonas hacia las que te lleva el mar y el gran viento del mundo.

(Jung, 2010, p. 265).

 Imagen: ilustración del Libro Rojo de Jung (p. 55).