Ser hoja en blanco

Tener el síndrome de la hoja en blanco. Y ser la hoja en blanco. 

Me estoy demorando, pero lo estoy haciendo. 

Desconocerme es lo más aterrador que me ha pasado en la vida. Aterrador por la profundidad simbólica de no saber cómo nombrarme y aterradora por todo el tiempo que ha llevado asimilarlo. 

Llevo más de un año sin etiqueta. No me he terminado de encontrar. Me hago, pero no me identifico, no me conozco tanto. 

Podría decir en qué trabajo, enumerar cualidades que poseo, hacer una lista de todo lo que hago en el día, de los sueños que habitan mi mente y de la cantidad innumerable de pensamientos que atraviesan mi cabeza. Lo hago, quizá ese sea el problema que tengo todo eso muy claro pero que no soy capaz de ponerlo en conjunto, que no le encuentro sentido a eso y que el vacío que ahora experimento pasó de ser una gran oportunidad de contener toda la novedad, a ser el mayor miedo. Es una encrucijada. 

¿Por qué no soy capaz de convivir con la idea de que todo eso me hace y ya? ¿Por qué no soy capaz de asimilar que es suficiente estar viva y ya? Tan viva.  ¿Por qué tengo que dotar de sentido cada minúscula partícula de vida que hay a mi alrededor? ¿Por qué sin palabras no soy capaz de darle sentido al mundo? ¿Cuándo convertí la palabra, el lenguaje en mi enemigo? ¿Por qué llegué entonces hasta aquí siendo comunicadora y ahora vivo como profesora de un idioma? 

¿Por qué a veces me cuesta tanto hacerlo fácil?, menos difícil si quiera. 

Estoy aniquilada. Por primera vez en mi vida siento que ni tan ruda, que ni tan fuerte, que ni tan inteligente, ni que tan correcta y justa. 

Sentía que ser la hoja en blanco era un triunfo, un regalo, una oportunidad bellísima, aun lo sigo creyendo, realmente lo hago, pero se mantiene ahí… quizá ser la hoja en blanco sea el propósito… quizá ser un lienzo en bruto disponible para la espontaneidad sea lo que estoy llamada a ser, quizá la sutileza de la luz y la sombra en el papel sea la protagonista y no la angustia alimentada por años de crear algo nuevo, de ser lo mejor o de ser lo suficiente. 

Es tan linda la vida aquí ahora, con tanta paciencia ejercitada diariamente, con la convicción de necesitar poco para estar bien, con la cabeza puesta en oportunidad de ser alguien que comparte lo que sabe, con el tiempo a favor para ver con perspectiva mi historia y la del mundo, con los amigos que son pocos pero invaluables, con el sonido de los pajaritos en la mañana, la fruta picada en cada esquina, las calles a medio pavimentar y el aire aún virgen de algunos jardines de Kampala. 

Con todo y el tráfico 24-7, la polución, la colonización arraigada, la iniquidad y la pobreza, con todo y el espejo de la realidad que nos acecha aquí y allá, no quiero dejar de creer que la vida aquí  – y me refiero aquí en la tierra, sea aquí o allá – es una maravillosa experiencia; dura, cruda, divertida, divina e inagotable. Sí inagotable, y por eso inexplicable también, ¿por qué lo olvido? 

Por qué no me atrevo a vivir como ese lienzo en blanco, por qué permití que el sentido de la vida se convirtiera en encontrar sentido en todo. ¿Por qué carajos permití despojarme de la libertad de la espontaneidad y de lo hermosa que puede ser la vida cuando, como una niña, le doy paso y más valor al momento preciso en el que respiro? Como ahora, que respiro con calma luego de desprenderme de estos demonios que describí. 

Ahora que suspiro y agradezco poder ser capaz de decirlo y de tener la oportunidad de vivir esta tristeza con más humildad y menos castigo. Entendiendo, para mi cabeza neurótica por el orden y el control, que la razón exige demora. Que me estoy demorando, pero lo estoy haciendo.