Ven a ver, ven a ver

Viajamos. Nos movemos buscando verdades con los pies. Avanzamos con la curiosidad como motor y nos encontramos con culturas, contextos y circunstancias que exigen nuestra mejor versión. Vivir en movimiento es prestar atención y poner nuestra mejor cara frente a la diferencia que constata el mundo cuando lo andamos. Viajamos para celebrar la diversidad.

Ven a ver, ven a ver.

Ven a ver, ven a ver.

Tú que hablas sin saber.

Bamako, Dakar o Adibjam.

Sierra Leona, Namibia, Kenia,

Ven a ver.

Mi África no es lo que te hacen creer.

¿Por qué siempre las mismas caras?

¿Por qué siempre los mismos comentarios?

¿Por qué siempre las mismas historias?

Escucha.

Mi África no es como la sequía y la hambruna.

Cuando lo escuches,

África no solo es combates y

Campos de minas,

Ven a ver.

Así reza el poema de Tiken Jah Fakoly,  cantante de reggae nacido en Costa de Márfil quién denuncia muchas de las injusticias sociales que se cometen en el mundo, como la discriminación y la pobreza.  Encontré sus letras en África nuestra raíz, libro de la historiadora Colombiana Diana Uribe en el que describe su viaje por algunos países del oeste africano en una suerte de mapa común entre ellos y el pacífico colombiano, una fiesta a la afrolombianidad que tanto ha aportado a la historia del país tricolor.  De mí país, Colombia.

Ven a ver, ven a ver. Esa frase es invitación y también reto.

Ven a ver, ven a ver.

Veamos.

***

El mundo se te volca cada tanto entre sus avances tecnológicos, los cambios de paradigmas y las constantes preguntas que nos hacemos a nosotros mismos. Certezas van y vuelven invitando a la continua reflexión.

Decidí darme un año sabático para pensar por cuál camino quiero continuar mi vida como comunicadora. Entre el arte, la educación y el periodismo están mis opciones ¿cuál escoger?. Para apoyar esta labor, elegí viajar a un lugar lejos de casa. Lejos de lo conocido.

El tiempo y la distancia dan perspectiva y Uganda, el país del este africano en el que encontré una oportunidad de trabajo sencillo que me permita vivir bien durante este tiempo, está a más de 11 mil kilómetros de distancia de Medellín, la ciudad que me vio nacer y hacerme quién soy ahora, ¡qué mejor lugar que este para aceptar la invitación de Fakoly con su “ven a ver, ven a ver”!

Claro, en cuanto tuve la noticia de mi amiga Laura – 34, Argentina-  sobre la oportunidad de enseñar español a una familia de holandeses que podían pagar lo suficiente para vivir en Uganda, tuve que correr y buscar en Google la ubicación exacta del país, sus características geográficas y toda la información superficial que figura en primera plana de guías turísticas y blogs de viajes.

Es un país pequeño ubicado en  el corazón del continente negro. Algunos lo llaman La perla de África, pues es rey y dueño de un diverso territorio  que abarca las montañas Rwenzori y el inmenso lago Victoria. También contiene llanuras verdes y arenosas, territorios en los que conviven juntos todos los animales de la selva incluyendo chimpancés y aves poco comunes en otros países del continente.

Uganda es uno de los países con la política de refugiados más progresista del mundo. 1.4 millones de personas han sido acogidas por los ugandeses en los últimos años.

Me apresuré a aceptar la propuesta, a organizar mi maleta, a renunciar a mi trabajo y a despedirme de mi familia. Todo pasó en cuestión de un mes, pues desde hacía medio año me estaba preparando para ese momento y tenía casi todo listo para que fuera cual fuese el destino (tenía en realidad dos opciones claras, Uganda y Estados Unidos) mi papeleo previaje, no se convirtiera en un dolor de cabeza.

Alabo cuando el mundo se te volca porque has trabajado para que eso suceda, cuando el cambio abrupto es una respuesta a tus deseos y no a las circunstancias.  

Aquí estoy, enseño y practico español con extranjeros en Kampala, toda una novedad para mi historial laboral. Se abren las posibilidades. Abrazo la oportunidad.

Ven a ver, ven a ver.

Veamos.

***

Uganda acoge a los refugiados, y también al extranjero que lo quiera conocer. Es un país que abraza el miedo y la guerra de sus vecinos, la pobreza extrema de un continente que emerge con furia de la oscuridad en la que el colonialismo lo ha dejado. La perla de África desborda de naturaleza salvaje y es cuna y hogar de los animales más grandes del planeta, convive con ellos y trabaja por preservarlos en las mejores condiciones.  

Este país abraza al otro y le da al mundo una lección contundente de humanidad.

Kampala, su capital, hogar de  casi dos millones y medio de personas, es ahora mi casa. La ciudad que habito, el epicentro de los bochornosos días que ahora vivo.

Las calles que conectan mi nuevo hogar con la zona céntrica están, casi todas, rotas.
Existe varias calles principales pavimentadas, con menos huecos que las demás, pero adentro, en los barrios, se culebrea entre los puesticos de ventas de chécheres y comida sucia que hay a lado y lado de la carretera, lo que se ve es polvo, huecos, pantano y numerosos obstáculos para avanzar.

Hace parte de la expedición cambiar el ritmo, limitar la velocidad y aceptar.

Aún no estoy acostumbrada al acento del inglés que se habla aquí. Tampoco sé, absolutamente nada de Suajili o Luganda,  idiomas madre y padre de esta parte de África. Me someto a una polifónica tortura, no reconozco palabras, me pierdo entre ellas y me abstraigo por un momento de todo sonido. Son tonadas agudas, graves, rudas, frías, tibias, aceleradas y otras lentas, todas de las personas que me voy cruzando. Es un concierto que aún no descifro ni comprendo, un ruido que me guía y me confirma que las posibilidades de comunicarnos son infinitas. Y las de habitar el mundo también.

Viajé hasta aquí buscando mi autenticidad y la del mundo. Ahora confirmo que en definitiva, lo ”puro” nunca será tan auténtico como la mezcla.  El mundo es diverso y yo también. 

Ven a ver, ven a ver.

Veamos.